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¿Con quién vamos a envejecer?

 ¿Con quién vamos a  envejecer?

En redes sociales circula un viral sobre Appleby Blue Almshouse (Londres), un complejo residencial para personas mayores de 65 años ubicado en Southwark, al sur de la ciudad.

No es un hogar ni una residencia en el sentido tradicional.
Fue diseñado para que las personas vivan de forma independiente, pero sin aislamiento.

Y fue noticia porque ganó el Stirling Prize 2025, uno de los premios de arquitectura más importantes del Reino Unido, precisamente por su enfoque en el bienestar social y la lucha contra la soledad.

El edificio tiene 57 departamentos, organizados alrededor de un patio central ajardinado que funciona como espacio de encuentro cotidiano. Incluye cocina comunitaria, salas de actividades, talleres y un jardín en la azotea.
Los corredores están diseñados como “calles interiores”, con luz natural, bancos y plantas, pensados para que las personas se encuentren y conversen espontáneamente.

La idea es simple y, a la vez, profundamente desafiante: combinar autonomía y comunidad.

Vivir ahí cuesta alrededor de 850 libras mensuales (cerca de $1 millón de pesos chilenos), aunque en muchos casos está subsidiado por el sistema de vivienda social británico.

Pero reporteando me encontré con otro proyecto, en Alicante, España: viviendas intergeneracionales.

Un edificio donde viven personas mayores junto a estudiantes universitarios.
Las personas mayores acceden a departamentos subsidiados; los estudiantes viven a bajo costo a cambio de acompañamiento —no cuidados formales—.
Lo que se genera no es asistencia, sino algo más cotidiano: conversación, apoyo, compañía.


El arriendo bordea los 160 euros mensuales (unos $160 mil pesos chilenos), muy por debajo del mercado.

En Chile, el principal programa de este tipo son los Condominios de Viviendas Tuteladas (CVT), administrados por SENAMA.
Hoy existen alrededor de 54 condominios en el país, con entre 15 y 40 viviendas cada uno, lo que permite albergar a cerca de 1.000 a 1.200 personas mayores.

Son soluciones relevantes: viviendas dignas, en comodato (no se pagan como arriendo tradicional), con apoyo psicosocial y comunitario, pensadas para personas mayores autovalentes en situación de vulnerabilidad.

En un país donde el 49,2% de las personas mayores declara sentirse en soledad no deseada, la pregunta ya no es solo cuántas viviendas tenemos sino qué tipo de vida ocurre dentro de ellas.

Todos estos ejemplos —con mayor o menor impacto— tienen algo en común:
fueron diseñados para evitar el aislamiento, creando pequeñas comunidades con espacios compartidos.

Pero hay una diferencia. Algunos modelos como el británico o el chileno organizan la vida entre pares.

Otros, como el español, proponen algo más fértil: mezclar generaciones.

Si pudiera elegir, elegiría ese.

Creo que tanto jóvenes como personas mayores aprenderían más unos de otros si viven con independencia juntos.

Porque envejecer no debería ser separarse del resto. Sino todo lo contrario.

¿Se atrevería Chile a mezclar generaciones en viviendas tuteladas?

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