Mi tía Raquel hablaba mucho de las fiestas de su juventud. Como si hubiesen sido grandes acontecimientos. Hablaba de las fiestas, de los jóvenes que las sacaban a bailar o que se inscribían en su carnet de baile. Su vida cerca a los 90 se había ido organizando alrededor de un sillón, un pastillero y un reloj. Durante mucho tiempo pensé que mi tía volvía una y otra vez a su juventud porque esos habían sido sus años más felices. La explicación era más sencilla: volvía a los años en que su vida estaba llena de experiencias nuevas. La tía Raquel regresó a mi memoria mientras escuchaba los textos de las mujeres que participaron en los Talleres de Escritura +50. En la primera sesión pusimos fotografías sobre una mesa. No eran imágenes de ellas. Eran personas, objetos, lugares. Cada mujer escogió una y comenzó a escribir. Muchas de las historias se fueron hacia atrás. Una casa. Una abuela. El primer trabajo. Una relación. Una decisión que había cambiado el curso de la vida. Las participa...
Faltan cuarenta y ocho horas para cumplir 62 años. Me parece increíble llegar a esta edad. Soy lo que cualquier joven diría: una vieja. Pero llego mejor, mucho mejor, de lo que llegué a los 60, cuando me sentía un poco perdida como si no hubiera logrado nada en la vida. Hace unos días volví a leer a Elizabeth Bishop y me encontré con esta frase que ya es casi mi consigna. “El arte de perder no es difícil de dominar”. Hoy tengo casi 62 años, no tengo trabajo y estoy llena, pero llena, de proyectos. Es increíble cómo una mujer puede sentarse frente al computador, frente a una ventana o frente a cualquier cosa que le haga sentido, e inventar millones de maneras de habitar la infinita cantidad de años que todavía faltan. Llego a los 62 sin jardín y sin trabajo. Sin trabajo significa haber perdido la identidad que creí tener toda la vida: la de una mujer trabajadora. Pero ahora me dedico a otras cosas. He hecho de las mujeres mayores una causa, claro, como en otro momento lo fue la m...