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𝙇𝙖 𝙫𝙞𝙚𝙟𝙞𝙩𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙗𝙖𝙞𝙡𝙖

Hace seis meses me cambié a vivir a un condominio. Primera vez en mi vida, ni en edificios he vivido. De golpe tengo vecinos con nombre, gente que me saluda casi a diario, una aplicación de WhatsApp donde se discute de todo: el portón, el árbol, el perro. La verdad, es que me gusta pero a propósito de la vida en comunidad me saltó la imagen de la viejita que baila en redes sociales y confieso algo incorrecto: las imágenes de mujeres mayores bailando me producen cierto cringe. Debe ser porque yo no bailo. Pero también porque muchas veces esas escenas parecen transmitir una idea demasiado simple: que envejecer bien consiste en mantenerse siempre alegre, activa, liviana, disponible para celebrar. La vejez, como cualquier etapa de la vida, también tiene dudas, pérdidas, cansancio, silencios y días malos. Cada vez que vuelvo a mirar esas imágenes descubro algo distinto: casi nunca se baila en soledad. Se baila porque hay otras personas alrededor. Porque existe un grupo que sostiene, invita...
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𝗗𝗼𝗻̃𝗮 𝗭𝘂𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗣𝗿𝗼𝗱𝗶 𝗖𝗮𝘀𝗮𝘀

𝗗𝗼𝗻̃𝗮 𝗭𝘂𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗣𝗿𝗼𝗱𝗶 𝗖𝗮𝘀𝗮𝘀, mi abuela paterna, debe haber nacido alrededor de 1881 (mi viejo en 1909, de ahí el cálculo). Por cierto, estudió en un colegio religioso en San Fernando y cuenta la leyenda familiar que, cuando quiso estudiar medicina, sus padres le dijeron: “¿Quieres ser como la loca de la Eloísa Díaz?”. Habían pasado muchos años desde que “la loca” había entrado a estudiar medicina, ciertamente acompañada de su madre y enfrentando las sabidas discriminaciones que no amainaron sus ganas. Mi abuela, en cambio, desistió de la idea, quiero imaginar con frustración y rabia, y muy pronto se casó con mi abuelo, un viudo con cuatro hijos a quienes supongo tendría que criar, y también a los tres compartidos: Claudio, María y Sergio, mi padre, un librepensador de manual. Pero la anécdota familiar pudo terminar ahí si no fuera porque doña Zulema, con quien conviví solo 9 años, leía como poseída, fumaba en la cama quemando frazadas, jugaba cartas con amigas y via...

𝐏𝐚𝐬𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐥 ❞𝐲𝐨❞ 𝐚𝐥 ❞𝐧𝐨𝐬𝐨𝐭𝐫𝐚𝐬❞

Esa fue una de las frases que dijo cristina grela Melluso, vicepresidenta del colectivo feminista uruguayo Mujeres con Historias, en una entrevista en Radio @La Diaria de Montevideo. La conversación giraba en torno a su nuevo proyecto: viviendas tuteladas para mujeres, con un propósito: envejecer juntas. El proyecto se enmarca en una iniciativa mayor de la Intendencia de Montevideo, Fincas Recuperadas, que busca rehabilitar inmuebles abandonados, deteriorados y/o deudores en las áreas centrales de la ciudad, para devolverles un sentido: viviendas dignas o proyectos sociales. ( hay otro proyecto en Paris, pero preferí escribir sobre este). El de Mujeres con Historias, logra ambas cosas. Un espacio abierto a la comunidad, pero también una casa con habitaciones individuales. Porque —como dijo Cristina— necesitamos un cuarto propio, como escribió Virginia Woolf. Yo iba a hablar sobre viviendas tuteladas. Y me encontré con esto. Me emocioné. Y, obvio, pensé en la cantidad de veces que con m...

¿Con quién vamos a envejecer?

  ¿Con quién vamos a  envejecer? En redes sociales circula un viral sobre Appleby Blue Almshouse (Londres), un complejo residencial para personas mayores de 65 años ubicado en Southwark, al sur de la ciudad. No es un hogar ni una residencia en el sentido tradicional. Fue diseñado para que las personas vivan de forma independiente, pero sin aislamiento. Y fue noticia porque ganó el Stirling Prize 2025 , uno de los premios de arquitectura más importantes del Reino Unido, precisamente por su enfoque en el bienestar social y la lucha contra la soledad. El edificio tiene 57 departamentos, organizados alrededor de un patio central ajardinado que funciona como espacio de encuentro cotidiano. Incluye cocina comunitaria, salas de actividades, talleres y un jardín en la azotea. Los corredores están diseñados como “calles interiores”, con luz natural, bancos y plantas, pensados para que las personas se encuentren y conversen espontáneamente. La idea es simple y, a la vez, profundament...

𝘈𝘺𝘦𝘳 𝘷𝘪 𝘔𝘦𝘮𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘯𝘩𝘢𝘵𝘵𝘢𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘦𝘳𝘤𝘦𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻.

Y, como suele pasar con las buenas historias, algo me hizo un click distinto a las veces anteriores. Siempre la había leído como una película sobre el paso del tiempo, el amor largo y la maravillosa actuación de mis favoritos: Diane Keaton y Morgan Freeman. Pero ahora la miro desde otro lugar: la ciudad. No son solo cinco pisos sin ascensor. No es solo una pareja evaluando si mudarse o no. Es la pregunta silenciosa que instala el entorno: ¿Quién tiene derecho a seguir habitando la ciudad cuando envejece? Puede ser Brooklyn. Pero también puede ser Ñuñoa que se densifica, barrio Yungay, Palermo, San Miguel, o incluso Punta Arenas donde el clima y la distancia ya imponen otras barreras. Barrios que cambian. Que se encarecen. Que se “renuevan”. Y en ese proceso, quienes han vivido allí décadas comienzan a ser leídos como parte del paisaje antiguo. No porque estén inactivos. No porque hayan perdido capacidad de decidir. Sino porque la narrativa urbana privilegia lo nuevo, lo rápido, lo rent...

La enemiga soy yo

Entro a una oficina y el aire acondicionado está, sin exagerar, al menos diez grados por debajo de lo tolerable. Nadie comenta nada. Nadie parece incómodo. Yo sí. Pienso —otra vez— que este mundo sigue estando climatizado para otros cuerpos, no para el mío. La mujer que maneja el aire, no sabe, no quiere saber lo que le está pasando pero tiene 50 años. Hay información. Hay libros. Hay podcasts. Hay médicas formadas. Hay mujeres hablando sin pudor del climaterio. Y sin embargo, muchas —muchísimas— seguimos actuando como si no supiéramos nada. Sabemos lo que es el climaterio. Reconocemos los síntomas cuando los leemos en una lista: insomnio, niebla mental, cambios de ánimo, sofocos, cansancio inexplicable. Los vivimos en el cuerpo, los comentamos en voz baja con amigas, los compartimos en conversaciones largas y profundas. Pero a la hora de actuar, de hacernos cargo de verdad, algo se traba. Nos decimos que “no es para tanto”. Que “a otras les va peor”. Que “ya se va a pasar”. Y sobre to...