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Y HOY SE LLEVARON LA HIGUERA

Yo nunca tuve el sueño de la “casa propia”. Dentro del repertorio de sueños que me inspiraron mis padres, ese  no venía. Ni ellos, ni sus padres, lo tuvieron y si lo tuvieron y no lo cumplieron, su dignidad impidió que me transmitieran esa frustración.
Escribo esto desde la vereda de los ricos, de los que viven en más de mil metros cuadrados, de los que pasamos el calor en la piscina, de los que el jardín, los perros y la seguridad son tema.
Escribo también desde las que se enamoran de un “un hombre casado” pero en este caso no fue un hombre, si no que fue un lugar: Lientur
Llegué, llegamos hace más de 20 años y en el momento en que entramos supimos exactamente cómo queríamos vivir. Flores, muchas, juegos de niña y mascotas – de todas la razas y tamaños-.  Nuestra hija y los hijos de nuestros amigos encontrarían aquí la libertad de las tortas de barro, el vértigo del resbalín; aprenderían a entretenerse transportando piedras de un lado a otro. Nuestra hija y los hijos de nuestros amigos serían felices.
Y así fue, lo logramos, en medio de harto fracaso, el normal de toda pareja larga, logramos que este lugar fuese para nuestros amigos sinónimo de felicidad. Hicimos de esta casa un espacio donde nuestros queridos pudiesen venir, conversar, estar en silencio, dormir. Nunca hubo reglas ni protocolo. Había lugar de sobra.
Pero enamorarse de lo ajeno siempre tiene un costo y en este caso se llama “desarrollo inmobiliario”. Primero, fue el sitio del vecino, donde había una destartalada casa de madera hoy hay 19 casas “mediterráneas”. Donde antes había un cerco verde hoy hay uno de hormigón.
No hacen ruido los vecinos, según mi marido, trabajan mucho para pagarle al banco. No hay jardín ni tiempo para vivirlo.
Porqué pensé que nosotros nos salvaríamos?. Porque tengo vocación de feliz.
Hoy se llevan la higuera, ayer los naranjos y los membrillos. Donde estaba la piscina hoy luce flamante una grúa "Cat". Y claro, tengo mi propia pandereta que redujo el jardín a 10 metros cuadrados. Pandereta que es la constatación de lo que hice mal, que constata que no soñar “la casa propia” fue un error y que ya es demasiado tarde. El amor siguió creciendo.
No hay culpables en esta vuelta, sólo el quejido de los árboles arrancados para construir otras 19 casas.

Desde la ventana de mi cuarto, al que sigue llegando “el sol a patadas”, miro a los vecinos prender una luz a las 8 y apagarla a las 10 porque hay que levantarse temprano para salir a trabajar.

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