Ir al contenido principal
A los 23  años decidí ser feminista. Esperaba una hija, mi única hija y no sé si eso avaló mi decisión. Había crecido en un ambiente donde las mujeres éramos valoradas, respetadas, escuchadas y pese a que sé que muchas de mis contemporáneas no opinarán lo mismo las monjas de un colegio de puras minas me hicieron bien: me formé con la convicción q las mujeres éramos iguales en derechos y que teníamos mucho que hacer y decir. La vida ha sido generosa conmigo, no he sido discriminada burdamente, he tenido un compañero que me respeta y que educó conmigo a una mujer libre. Mujer que hace valer sus derechos y que recién hoy  podrá decir qué quiere hacer con su cuerpo. Por que sí es la puerta al reconocimiento de los derechos de las mujeres en mucho más que 3 causales.
Con los años supe que algunas de mis amigas habían abortado, habían vivido ese dolor, porque duele, en silencio. Tener un hijo no siempre es motivo de alegría y sobre todo antes era motivo de un repudio que hoy nos da vergüenza y asco.
Para ellas, para mi hija, mis  sobrinas, mis amigas siento que hoy empezamos a vivir un Chile menos miope.  Queda mucho todavía pero me alegra saber que fue este gobierno y no otro. Gracias compañeras, gracias Presidenta.

Para Loreto Antonia Bravo Fernández y Veronica Matus Madrid que me aceptaron y acompañan hasta hoy.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un sillón, un pastillero y un reloj.

Mi tía Raquel hablaba mucho de las fiestas de su juventud. Como si hubiesen sido grandes acontecimientos. Hablaba de las fiestas, de los jóvenes que las sacaban a bailar o que se inscribían en su carnet de baile.  Su vida cerca a los 90 se había ido organizando alrededor de un sillón, un pastillero y un reloj. Durante mucho tiempo pensé que mi tía volvía una y otra vez a su juventud porque esos habían sido sus años más felices. La explicación era más sencilla: volvía a los años en que su vida estaba llena de experiencias nuevas. La tía Raquel regresó a mi memoria mientras escuchaba los textos de las mujeres que participaron en los Talleres de Escritura +50. En la primera sesión pusimos fotografías sobre una mesa. No eran imágenes de ellas. Eran personas, objetos, lugares. Cada mujer escogió una y comenzó a escribir. Muchas de las historias se fueron hacia atrás. Una casa. Una abuela. El primer trabajo. Una relación. Una decisión que había cambiado el curso de la vida. Las participa...

El edadismo no distingue

Hoy conversaba con una brillante abogada de mi oficina. Joven, preparada, aguda. En medio de la conversación me contó una anécdota que, confieso, me dejó pensando desde otro lugar: muchas veces evita decir que tiene 30 años porque ha sido discriminada por ser “demasiado joven”. Porque no le creen. Porque asumen falta de experiencia. Porque su opinión pesa menos. Yo suelo moverme —y escribir— desde otro lugar. Me remueve la discriminación hacia las personas mayores, hacia quienes pasan cierta edad y comienzan a volverse invisibles, prescindibles, incómodos; una inquietud que no es del todo ajena, porque el paso del tiempo también me interpela y remueve miedos propios. Para un sistema que idolatra la novedad, la rapidez y la productividad constante, la edad se vuelve un problema, algo que estorba, que incomoda, que hay que esconder. A unos se les dice que “ya no están para esto”. A otros, que “todavía no”. A unos, que ya dieron lo que tenían que dar. A otros, que aún no tienen nada que...

𝘈𝘺𝘦𝘳 𝘷𝘪 𝘔𝘦𝘮𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘯𝘩𝘢𝘵𝘵𝘢𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘦𝘳𝘤𝘦𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻.

Y, como suele pasar con las buenas historias, algo me hizo un click distinto a las veces anteriores. Siempre la había leído como una película sobre el paso del tiempo, el amor largo y la maravillosa actuación de mis favoritos: Diane Keaton y Morgan Freeman. Pero ahora la miro desde otro lugar: la ciudad. No son solo cinco pisos sin ascensor. No es solo una pareja evaluando si mudarse o no. Es la pregunta silenciosa que instala el entorno: ¿Quién tiene derecho a seguir habitando la ciudad cuando envejece? Puede ser Brooklyn. Pero también puede ser Ñuñoa que se densifica, barrio Yungay, Palermo, San Miguel, o incluso Punta Arenas donde el clima y la distancia ya imponen otras barreras. Barrios que cambian. Que se encarecen. Que se “renuevan”. Y en ese proceso, quienes han vivido allí décadas comienzan a ser leídos como parte del paisaje antiguo. No porque estén inactivos. No porque hayan perdido capacidad de decidir. Sino porque la narrativa urbana privilegia lo nuevo, lo rápido, lo rent...