Soy hija única de padres mayores, esa fue mi consigna durante muchos años. Estrictamente, el único "viejo" era mi papá, quien se casó con mi mamá a los 54 años; ella tenía 32 y, como escuché alguna vez, “ya se le había pasado el tren”.
No soy de esas personas que se dedican a investigar su historia; lo que me contaron. Lo que viví fue así.
Crecí con la idea de haber tenido una familia feliz. Llegaba a una casa limpia y ordenada, donde mi mamá me servía un rico plato de comida y, por las tardes, horneaba algo para la hora del té. Esa rutina se repitió durante años, hasta que a mis 18 dejé de vivir con ellos. Por cierto, yo pensaba que así vivían todas las familias de “clase media”; otro error de mi parte.
Mi papá, Sergio, era abogado, y durante los últimos 14 años de su vida fue Secretario del Segundo Juzgado de Letras de Quillota, aunque ejercía como juez, sin que yo sepa por qué. Llegamos a esa ciudad después de 4 años de cesantía. Tengo la sensación de que esos años le alargaron la vida: vivía al lado del Juzgado, salía a caminar todas las tardes, comíamos juntos, comentaba su trabajo y, por supuesto, la actualidad. Estábamos en dictadura.
Se jubiló a los 84 años.
Victoria, mi mamá, en cambio, fue una clásica dueña de casa, de esas que trabajaban para tener la casa más linda y la comida más rica, incluso durante los años de cesantía. El cuidado de su única hija y su marido era su primera y gran preocupación. En los tiempos de “vacas flacas”, retomó su oficio de “modista” y volvió a coser. Era una genia de la costura: me hacía un vestido en una tarde, un abrigo en una semana, y así.
Ella nunca se jubiló.
Sergio y Victoria llegaron a viejos de manera muy distinta. Mi papá sufrió varios ACV que le provocaron un gran deterioro: afasia, pérdida de la memoria, movilidad reducida, dificultad para realizar tareas básicas. Lo perdió todo. Él, que traducía frases del latín y recitaba poesía en francés, no pudo hilar una frase más.
El día que llegué con una silla de ruedas, nos miró con odio, con odio y tristeza, él, que siempre me había mirado con alegría y amor.
Victoria vivió sola hasta los 89 años, haciéndose cargo de su casa, siempre queriendo que fuera la más linda y ordenada. Un accidente doméstico me llevó a decidir trasladarla a una residencia para ancianos. Vivir sola implicaba el riesgo de accidentes mayores. El aislamiento por la pandemia aceleró su deterioro: le costaba caminar, se confundía con los nombres y las fechas, pero seguía siendo autovalente.
Quince días antes de su muerte, no reconoció a su única nieta. Cuando le aclaramos que la joven con la que estaba almorzando era mi hija se rió. Se rió mucho.
Mi papá murió a los 87, en su cama, rodeado de todos nosotros. Mi mamá murió a los 92, sola, en el Hospital de La Florida.
Cuando yo era niña, pedía que muriéramos los tres al mismo tiempo.
Recién ahora entiendo su vejez, proyecto la mía y la de mis amigas, e intento ver algo bueno, pero no lo consigo.
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