"El mundo se me encogió"
Escuché esta frase en una serie, dicha por una mujer mayor, víctima de una agresión sexual. Pero, desde entonces, me ha hecho reflexionar sobre cómo, para las personas mayores, el mundo —ese que han construido y vivido— comienza a encogerse. No solo por las limitaciones físicas que trae la edad o alguna enfermedad que reduzca la movilidad, sino también porque muchos dejan de trabajar. Y con ello, pierden ese “otro” mundo: el espacio profesional o social que es distinto al ámbito íntimo, compuesto por la familia o las amistades más cercanas.
Cuando el trabajo desaparece, se evapora también ese lugar que nos proporcionaba estrés, sí, pero también estímulos: las conversaciones de pasillo, el intercambio de ideas, el contacto con formas de pensar y vivir diferentes. Las anécdotas que llevábamos a casa, pequeñas historias que, aunque mundanas, llenaban la rutina hogareña de vida. Porque sabemos bien que, sin esos escapes, la monotonía puede volverse letal.
Los cuidados del sacristán mataron al cura
Este dicho popular, que hace años era más común, ilustra cómo un cuidado excesivo, mal entendido o innecesario puede hacer más daño que beneficio. Sobreproteger, o actuar con demasiada prudencia, muchas veces termina limitando la vida de las personas mayores, privándolas de la autonomía que aún conservan.
Es una realidad que muchos ancianos son víctimas de estos "cuidados" bienintencionados: "Mamita, no vayas sola al supermercado", "mejor deja de manejar", "¿para qué vas a salir a esta hora?", "come liviano, y cuidado con esa copa de vino, que una al día ya es demasiado".
Sin darse cuenta, sus seres queridos van construyendo un cerco de restricciones. Y estas prohibiciones caen sobre mujeres y hombres que, durante gran parte de su vida, se movieron con total independencia: tomaban el transporte público, hacían las compras por su cuenta, disfrutaban de una vida social activa, especialmente cuando lograron emanciparse de las obligaciones familiares. De repente, se ven atrapados en una nueva adolescencia de prohibiciones, pero esta vez, en lugar de abrirse al mundo, se les cierran las puertas.
Comer, beber y amar: Derribando mitos
Los mitos en torno a la vejez alimentan esta sobreprotección. Se asume que, al envejecer, hay que renunciar a placeres como la buena comida, el vino, o incluso el amor. Pero, ¿quién dice que envejecer significa dejar de disfrutar de lo que la vida tiene para ofrecer?
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