Cambiarse de casa puede estar entre las tareas más estresantes de la vida. Para nosotros no sé si lo fue tanto (soy ordenada y no tengo mucho cachureo); lo que sí ha sido, desde que recibimos el aviso que nos informaba que teníamos que cambiarnos, es triste, muy triste. Treinta y seis años de matrimonio, treinta y tres años desde que nació Fernanda, 30 años en Lientur. Como no decir “toda la vida “. Con mis padres nunca viví tanto tiempo en una misma casa; debe ser por eso que quise para Fernanda un solo paisaje. Perdóname por tu dolor de hoy, mi preciosa, recordemos mejor cuando aprendiste de la mano del papá a subir árboles, a cuidar a todos tus muchos perritos, a ver crecer flores y árboles a tu alrededor.
Arrendar Lientur fue, como escribí alguna vez, enamorarse de una persona comprometida: un amor irracional, poco calculado y lleno de “falsas expectativas". Sergio, Fer y yo fuimos adornando este amor sin evaluar mucho lo que debíamos hacer como lo hace tanta gente: ahorrar, cobrar los arreglos, invertir lo mínimo. Hicimos todo lo contrario: invertimos mucho y, encima, adoptamos muchos perros lo que ahora nos implicó buscar un patio de esos que hay pocos. Esa casa fue la casa de nuestros amigos, aquí lloramos a nuestros muertos, se casó Pauli y nacieron sobrinos y sobrinas. Como me dijo una amiga desde Barcelona “todos amamos Lientur”.
El avisó llegó días antes de la primavera. Un mes después, mientras escribo esto, el jardín se llena de flores tal y como lo planificamos: amapolas, cosmos, linaza de distintos tipos, malvas, verbenas, caléndulas y la promesa de unos dedales de oro que nos regalarán el último paisaje. Lo que más me duele es perder nuestro jardín. Yo sé que haremos otro, pero pucha, qué lujo ha sido despertar mirando el abutilón y los colibríes, hacer el seguimiento de cada florcita, lechuga o tulipán que iba creciendo, frustrarse y volver a intentar que agarren los almácigos de tomates para disfrutarlos en el verano.Esperar ansiosa el otoño para poder sembrar con Pauli, la jardinera imperfecta que me ha enseñado todo sobre mi propio jardín. Quiero confiar que quienes lleguen cuidarán el jardín y les deseo de corazón que puedan construir una buena vida.
Enamorarse de lo ajeno siempre tiene un costo, y vivimos este duelo con la esperanza que nuestra nueva casa se llene también de nuevos recuerdos.
Porque tres es mucho, pero mucho más que dos, y juntos somos invencibles.
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