“Para ser viejo hay que ser valiente”, dijo Héctor Noguera. Y cuánta verdad hay en esa frase. No solo porque envejecer implique asumir cambios, sino porque requiere coraje para hacerlo sintiéndose bien, siendo feliz y, sobre todo, en una sociedad que insiste en que a cierta edad hay que retirarse, descansar o volverse invisible.
No quiero hacer de este espacio un obituario (la semana pasada hablábamos de Diane Keaton), pero su muerte a los 88 años me hizo pensar en el privilegio —y la excepción— que fue para él seguir trabajando hasta el final. En Chile y en el mundo, la mayoría de las personas no llega con esa posibilidad. No porque no quiera, sino porque no las dejan.
Un reciente estudio del AARP y el Centro NORC de la Universidad de Chicago (2024) reveló que seis de cada diez adultos mayores de 50 años han visto o experimentado alguna forma de discriminación por edad en el trabajo. Cincuenta años. No ochenta. Cincuenta. Es decir, a mitad de la vida, ya hay quienes son considerados “demasiado viejos”. Qué injusticia y qué desperdicio.
El arte tiene algo de refugio contra ese prejuicio. Los actores, las actrices, los músicos, los escritores siguen creando porque el cuerpo cambia, pero el deseo y la lucidez no se jubilan. Ojalá el resto de los oficios tuviera ese mismo derecho: seguir siendo parte, seguir siendo vistos, seguir siendo necesarios.
Noguera tuvo la suerte —y el talento— de seguir hasta el final. La mayoría no. Y es hora de decir basta. Basta de suponer que cumplir años es un problema. Basta de creer que la experiencia estorba. Basta de expulsar del trabajo a quienes ya saben demasiado. Porque sí, se necesita coraje para ser viejo, pero también se necesita una sociedad menos cobarde para reconocer su valor.
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