Tengo una buena renta.
Llamé para contratar un servicio. Antes de pedirme el RUT, antes de revisar antecedentes concretos, antes de evaluar cualquier dato objetivo, me preguntaron la edad.
Cuando respondí, hubo una pausa breve, incómoda.
Y luego vino la frase: “Es difícil”.
Difícil, ¿qué exactamente?
¿Difícil que cumpla?
¿Difícil que entienda?
¿Difícil porque tengo 61?
No había todavía ningún número sobre la mesa. Ningún historial. Ningún indicador real de riesgo. Solo una edad convertida, automáticamente, en sospecha.
El edadismo funciona así: silencioso, educado, casi amable. No te dice que no. Te dice que “es complicado”, que “hay que ver”, que “no es tan fácil en su caso”. No grita. No insulta. Simplemente descarta.
Lo más inquietante es que esto ocurre incluso cuando una cumple con todos los requisitos que el sistema dice valorar: estabilidad e ingresos. A cierta edad, eso deja de importar. El número pesa más que los hechos.
No es una experiencia aislada. Es una señal. Una más, de tantas, que nos recuerdan que envejecer —especialmente siendo mujer— sigue siendo leído como un problema a gestionar, no como una etapa legítima de la vida.
Se habla mucho de inclusión, de diversidad, de derechos. Pero basta una pregunta aparentemente inocente —“¿qué edad tiene?”— para que todo cambie de tono.
No sentí rabia. Fue claridad. Esto no es personal. Es estructural.
Y mientras no lo nombremos, mientras sigamos aceptando el “es difícil” como una explicación suficiente, el problema seguirá intacto, cómodo, invisible.
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