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𝘾𝙖𝙨𝙞 𝙡𝙖 𝙢𝙞𝙩𝙖𝙙 𝙙𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙖𝙙𝙪𝙡𝙩𝙤𝙨 𝙢𝙖𝙮𝙤𝙧𝙚𝙨 𝙚𝙣 𝘾𝙝𝙞𝙡𝙚 𝙨𝙚 𝙨𝙞𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙚𝙣 𝙨𝙤𝙡𝙚𝙙𝙖𝙙 𝙣𝙤 𝙙𝙚𝙨𝙚𝙖𝙙𝙖 — 𝙋𝙖𝙧𝙩𝙚 𝙄


Casi la mitad de las personas mayores en Chile se siente en soledad no deseada. No es una percepción: es un dato social.

La preciosa novela Las gratitudes, de Delphine de Vigan, cuenta la historia de Marie, una mujer joven que, agradecida de una vecina mayor, la visita periódicamente en una residencia. La anciana sufre afasia, pero eso no impide que se comuniquen, reconstruyan recuerdos y se rían juntas.

Hace pocos días, España anunció una estrategia nacional para enfrentar la soledad no deseada, elevándola a asunto de Estado. La decisión no fue simbólica: reconoce que la soledad tiene efectos en la salud mental, en la salud física, en la cohesión social y, como resultado, en el gasto público.

La historia —ficción o no— y la decisión política apuntan a lo mismo: la soledad en la vejez dejó de ser una experiencia privada para convertirse en un fenómeno social.

En Chile, el dato es contundente. Un informe del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, publicado en julio de 2025, mostró que el 49,2 % de las personas mayores declara sentirse en soledad no deseada, mientras que más de la mitad de ese grupo presenta riesgo de aislamiento social.
No estamos hablando solo de emociones. Ni de las ganas de estar sola un día y ojalá que nadie te hable. Estamos hablando de estructura social.

La noticia de España resuena porque instala una pregunta incómoda para otros países —incluido Chile— donde el fenómeno existe, está medido y se expresa con fuerza en la vejez, pero todavía no se aborda como un eje propio de política pública.

Chile ha avanzado en instalar la salud mental como prioridad pública y en posicionar los cuidados como sistema. Pero la soledad de las personas mayores aparece como un desafío que viene: silencioso, transversal y con impacto en bienestar, gasto en salud y construcción de tejido social.
España decidió nombrarla. Chile ya tiene los datos.
Y quizá la pregunta no es si debe convertirse en una política más.

La pregunta podría ser otra.
Mañana: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando envejecer empieza a significar desaparecer?

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