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Muchas veces la soledad no empieza en la casa. Empieza cuando el trabajo deja de considerarte, cuando la experiencia se vuelve “sobrecalificaciΓ³n”, cuando los equipos se vuelven homogΓ©neos en edad, cuando las ciudades no estΓ‘n pensadas para que alguien mayor circule, participe, permanezca.
La soledad en la vejez tambiΓ©n es falta de lugar. Y eso cambia el enfoque.Si la entendemos solo como un problema individual, la respuesta serΓ‘ asistencial.
Si la entendemos como un fenΓ³meno social, la respuesta es cultural, urbana, laboral y comunitaria.
La soledad atraviesa agendas que ya consideramos prioritarias —salud mental, cuidados, empleo, ciudades— pero todavΓa no tiene nombre propio dentro de la polΓtica pΓΊblica.
Y, sin embargo, antes de ser polΓtica pΓΊblica ya estΓ‘ diciendo algo sobre cΓ³mo vivimos: cuΓ‘nto nos vinculamos, cuΓ‘nto espacio real tienen las personas mayores y cuΓ‘nto valor le damos a seguir siendo parte.
Porque envejecer no es solo cumplir aΓ±os. Es permanecer en la conversaciΓ³n social, en los equipos de trabajo, en la ciudad, en la vida comΓΊn.
La soledad no es solo un problema de quienes la viven.
Es tambiΓ©n un espejo de cΓ³mo nos organizamos como paΓs.
Nombrar la soledad es el primer paso. Lo siguiente es decidir quΓ© lugar le damos a quienes envejecen en nuestra vida comΓΊn.
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