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“𝗘𝗹 𝗺𝘂𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗲 𝗺𝗲 𝗲𝗻𝗰𝗼𝗴𝗶𝗼́”

SI bien esta frase  la escuché en una serie en el testimonio de una mujer mayor

( + 70 ) víctima de una agresión sexual, pensé mucho en como a los viejos el mundo, el que han construido y vivido se empieza a encoger, un poco por las limitaciones propias de la edad, en el caso que tengas una enfermedad que limita tus movimientos o bien porque dejaste de trabajar, cualquiera haya sido tu trabajo y ya no tienes ese mundo paralelo o simplemente distinto al íntimo, ese que lo conforman tus lazos sanguineos o de amistad. Ese mundo que te proporcionaba estrés pero también conversaciones de pasillo, intercambio de ideas, conocimiento de otras formas de vivir, anécdotas que generalmente llevabas a tu casa y con eso animabas la rutina hogareña, que bien sabemos puede ser aburrida a veces.

Los cuidados del sacristán mataron al cura era, o sigue siendo, un término usual que expresa que una atención o cuidado excesivo o mal entendido puede causar más daño que beneficio, los peligros de la sobreprotección o de actuar con demasiada prudencia, ya que a veces, en el intento de hacer las cosas mejor, se termina perjudicando.

Muchas veces, los viejos son víctimas de esos cuidados: “mamita, no vaya sola al supermercado”, “mejor deje de manejar”, “para qué va a salir a esta hora”, “coma livianito, una copa de vino al día ¿no será mucho?”.

Estamos hablando de mujeres que usaron transporte público, hicieron la compra rutinariamente, salieron con amigas y amigos en completa libertad cuando, al fin,  lograron emanciparse de la casa familiar son víctimas de las sobreprotección de sus seres queridos, una avalancha de “no” vuelve a su vida y cae peor, mucho pero que cuando fueron adolescentes. Por cierto sobreprotección revestida de amor.

Comer, beber y amar a toda edad debiera ser la consiga el máximo de tiempo posible, o será al menos, la mía.

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