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De menopausia se habla, pero bajito

Escena 1.

—¿Qué edad tienes? —le pregunto a una vecina que se abanica en un día que no es de calor.
—37 —responde, casi a la defensiva. No creo que sea M.
La frase queda suspendida. La conversación se encoge y baja de volumen hasta volverse un murmullo que se pierde, como si el tema necesitara desaparecer.

Escena 2.
—¿Es necesario ese aire acondicionado? —pregunto en la oficina.
—No doy más de calor —dice mi compañera.
La misma semana. Y afuera, Santiago disfrutando temperaturas más bajas.

Con Paula Olmedo y Nicoletta Pranzini Canessa —mis compañeras de ruta en Meno es +— ya nos reconocen como divulgadoras de temas ligados al climaterio. En pasillos, cafés o después de una charla, muchas mujeres se acercan: preguntan por síntomas, por ginecólogas, por tratamientos, por lo último que vieron en redes.

Pero en el trabajo la escena cambia.
No porque sean momentos inoportunos ni lugares inadecuados.
Cambia porque el cuerpo sigue siendo incómodo.
La voz empieza a hacerse pequeña cuando aparecen ciertas palabras: regla, ovarios, ginecólogas… menopausia.

Se dicen, sí, pero con cuidado. Como si cada sílaba pidiera permiso. Como si nombrarlo fuera exponerse demasiado.

Y también porque, para muchas, la palabra con M pareciera empujarnos directo a que nos percibieran muy cercanas a la vejez. Como si nombrarla nos pusiera, de golpe, en otro lugar de la sala.
¿Y qué importa?
Importa poco y, al mismo tiempo, importa todo: porque esa mirada existe, condiciona, incomoda y, muchas veces, silencia.

Y entonces ocurre lo más paradójico: hablamos de liderazgo, metas, desempeño, productividad. Pero cuando el cuerpo irrumpe —con dolores articulares, calor, insomnio, cambios, preguntas— el volumen baja.
Baja tanto que a veces la conversación ya no se oye.
Se intuye.
Se sospecha.
Se adivina.
Porque de menopausia se habla. Claro que se habla.
Pero todavía, en muchos espacios —especialmente los laborales— se habla bajito.
Y mientras se siga hablando bajito, seguirá pareciendo un tema individual, íntimo, casi vergonzoso.
Cuando en realidad es experiencia compartida, salud, trabajo y vida cotidiana atravesando, al mismo tiempo, a millones de mujeres.
Quizás el cambio empiece por algo simple:
nombrarlo sin bajar la voz.

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