Entro a una oficina y el aire acondicionado está, sin exagerar, al menos diez grados por debajo de lo tolerable. Nadie comenta nada. Nadie parece incómodo. Yo sí. Pienso —otra vez— que este mundo sigue estando climatizado para otros cuerpos, no para el mío. La mujer que maneja el aire, no sabe, no quiere saber lo que le está pasando pero tiene 50 años.
Hay información. Hay libros. Hay podcasts. Hay médicas formadas. Hay mujeres hablando sin pudor del climaterio. Y sin embargo, muchas —muchísimas— seguimos actuando como si no supiéramos nada.
Sabemos lo que es el climaterio. Reconocemos los síntomas cuando los leemos en una lista: insomnio, niebla mental, cambios de ánimo, sofocos, cansancio inexplicable. Los vivimos en el cuerpo, los comentamos en voz baja con amigas, los compartimos en conversaciones largas y profundas. Pero a la hora de actuar, de hacernos cargo de verdad, algo se traba.
Nos decimos que “no es para tanto”. Que “a otras les va peor”. Que “ya se va a pasar”.
Y sobre todo, evitamos ese gesto que parece tan simple y tan complejo a la vez: ir a la ginecóloga y pedir hormonas. Decirlo en voz alta. Nombrar el problema. Reconocer que estamos en climaterio y que queremos vivir mejor.
Lo digo desde un lugar incómodo, porque no hablo desde la ignorancia. Escribimos un libro sobre este tema —Meno es +, junto a Paula Olmedo y Nicoletta Pranzini Canessa — y además tenemos un podcast donde llevamos años conversando, informando, derribando mitos, abriendo espacios para que otras mujeres no se sientan solas.
Y aun así, incluso con toda esa información, incluso poniendo el cuerpo y la voz, incluso sabiendo lo que sabemos, a muchas nos cuesta dar el paso personal. El íntimo. El que no se publica ni se comenta: pedir ayuda médica concreta, sin culpa y sin vergüenza.
Tal vez porque el climaterio sigue estando mal nombrado. Porque se lo confunde con vejez. Y no lo es.
El climaterio no es vejez. Es una etapa de transición hormonal que ocurre, en muchos casos, cuando las mujeres están activas, trabajando, criando, creando, decidiendo, liderando. Asociarlo al declive es una forma más de empujarnos al silencio y a la postergación.
¿Por qué nos cuesta tanto, incluso teniendo acceso a la información?
Tal vez porque durante décadas aprendimos que el malestar femenino se aguanta. Que es parte del paquete. Que no hay que molestar, que no hay que exagerar, que no hay que “medicalizar” lo que se supone natural. Tal vez porque aceptar esta etapa sigue sintiéndose como una rendición, como admitir una pérdida que no es tal.
Lo más duro de reconocer es que muchas veces la resistencia no viene de afuera. La enemiga soy yo.
No es solo el sistema de salud. No es solo la cultura. No es solo el aire acondicionado helado de las oficinas. Es esa voz interna que posterga, minimiza, relativiza. La misma que nos ha acompañado toda la vida diciéndonos que primero están los demás, que después vemos, que no es urgente.
Hablar del climaterio no es una moda. Es una necesidad. Y asumirlo no es envejecer: es tomar conciencia, con lucidez y sin miedo, de que merecemos vivir mejor.
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