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饾棗饾椉饾椈̃饾棶 饾棴饾槀饾椆饾棽饾椇饾棶 饾棧饾椏饾椉饾棻饾椂 饾棖饾棶饾榾饾棶饾榾, mi abuela paterna, debe haber nacido alrededor de 1881 (mi viejo en 1909, de ah铆 el c谩lculo). Por cierto, estudi贸 en un colegio religioso en San Fernando y cuenta la leyenda familiar que, cuando quiso estudiar medicina, sus padres le dijeron: “¿Quieres ser como la loca de la Elo铆sa D铆az?”. Hab铆an pasado muchos a帽os desde que “la loca” hab铆a entrado a estudiar medicina, ciertamente acompa帽ada de su madre y enfrentando las sabidas discriminaciones que no amainaron sus ganas.

Mi abuela, en cambio, desisti贸 de la idea, quiero imaginar con frustraci贸n y rabia, y muy pronto se cas贸 con mi abuelo, un viudo con cuatro hijos a quienes supongo tendr铆a que criar, y tambi茅n a los tres compartidos: Claudio, Mar铆a y Sergio, mi padre, un librepensador de manual. Pero la an茅cdota familiar pudo terminar ah铆 si no fuera porque do帽a Zulema, con quien conviv铆 solo 9 a帽os, le铆a como pose铆da, fumaba en la cama quemando frazadas, jugaba cartas con amigas y viajaba sola a Estados Unidos a visitar a su hija menor. Mi famosa y criticada “t铆a Mar铆a”. Zulema muri贸 en octubre del triste 1973, a los 92 a帽os. De ella hered茅 un mont贸n de libros de Jos茅 Donoso y, supongo, algo de rebeld铆a y una buena parte de feminismo.
¿Por qu茅 cuento esto? Porque creo que, por m谩s que te impongan decisiones, por m谩s que te presionen a tomar caminos que muy probablemente no quer铆as (de seguro am贸 a sus hijos, s铆, s铆, s铆), hay algo en muchas mujeres que no se muere con ellas. Y por eso, las que podemos tomar decisiones, las que hemos tenido libertad, las que no paramos de luchar, honramos a las que iniciaron el camino incluso sin caminarlo.

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Y, como suele pasar con las buenas historias, algo me hizo un click distinto a las veces anteriores. Siempre la hab铆a le铆do como una pel铆cula sobre el paso del tiempo, el amor largo y la maravillosa actuaci贸n de mis favoritos: Diane Keaton y Morgan Freeman. Pero ahora la miro desde otro lugar: la ciudad. No son solo cinco pisos sin ascensor. No es solo una pareja evaluando si mudarse o no. Es la pregunta silenciosa que instala el entorno: ¿Qui茅n tiene derecho a seguir habitando la ciudad cuando envejece? Puede ser Brooklyn. Pero tambi茅n puede ser 脩u帽oa que se densifica, barrio Yungay, Palermo, San Miguel, o incluso Punta Arenas donde el clima y la distancia ya imponen otras barreras. Barrios que cambian. Que se encarecen. Que se “renuevan”. Y en ese proceso, quienes han vivido all铆 d茅cadas comienzan a ser le铆dos como parte del paisaje antiguo. No porque est茅n inactivos. No porque hayan perdido capacidad de decidir. Sino porque la narrativa urbana privilegia lo nuevo, lo r谩pido, lo rent...