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El cuerpo que cambia


Cuando éramos jóvenes, mis amigas y yo pensábamos que la verdadera independencia era la económica. Tener plata propia, no depender de un hombre, poder irse si había que irse. De eso sí nos hablaron, De la otra independencia, nadie dijo nada.


La independencia del cuerpo. No el cuerpo imagen, ese que había que mantener joven y delgado, del que ya se habló demasiado, sino el cuerpo que te permite levantarte de una silla sin ayuda. Subir una escalera. Abrir un frasco. Entrar sola a la ducha.


Hace un tiempo escuché a una mujer en una entrevista del podcast Menos es + decir que hacía ejercicios de fuerza no para verse bien, sino para poder seguir bajándose los pantalones e ir sola al baño cuando fuera vieja. Me quedé pensando: ¿por qué nadie me dijo esto a los cuarenta?


Esta información no circulaba. No estaba en el consultorio, ni en la sobremesa, ni en ninguna parte donde una mujer de treinta y tantos pudiera toparse con ella. Estábamos, además, ocupadas: trabajando, criando, sosteniendo. 


El cuerpo aguantaba, calladito, mientras nosotras resolvíamos todo lo demás.


Ahora ese cuerpo pide otra cosa. Y aquí es donde me quiero detener, porque hay una trampa: enterarnos tarde no puede convertirse en otro motivo para castigarnos. Ya tuvimos suficientes mandatos sobre este cuerpo como para inventarnos uno nuevo con culpa retroactiva.


La cultura nos entrenó para corregir cada cambio, no para mirarlo. Bajar de peso, disimular, “mantenerse”, no parecer vieja. Ahí está la crueldad de fondo: el cuerpo envejece, pero la exigencia no. Sigue intacta, como si nada.


Yo prefiero otra conversación. Una donde la fuerza muscular sea autonomía y no estética. Donde el descanso sea reparación y no flojera. Donde aprender algo nuevo sobre mi cuerpo a los sesenta no sea un tribunal sobre lo que no hice a los treinta.


No tengo una postal luminosa que ofrecer. No me reconcilié con nada de una vez y para siempre. Pero sí empecé a hacerle menos preguntas violentas a este cuerpo. Qué le duele, qué le da placer, qué ropa lo acompaña, qué palabras le debo después de tantos años de exigirle sin agradecerle.


El cuerpo va a seguir cambiando. Eso no se negocia. Lo que sí podemos elegir es cómo lo acompañamos mientras cambia: con más información, sí, pero sobre todo con menos culpa.


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