Ir al contenido principal

Un sillón, un pastillero y un reloj.

Mi tía Raquel hablaba mucho de las fiestas de su juventud. Como si hubiesen sido grandes acontecimientos. Hablaba de las fiestas, de los jóvenes que las sacaban a bailar o que se inscribían en su carnet de baile. 

Su vida cerca a los 90 se había ido organizando alrededor de un sillón, un pastillero y un reloj.

Durante mucho tiempo pensé que mi tía volvía una y otra vez a su juventud porque esos habían sido sus años más felices. La explicación era más sencilla: volvía a los años en que su vida estaba llena de experiencias nuevas.

La tía Raquel regresó a mi memoria mientras escuchaba los textos de las mujeres que participaron en los Talleres de Escritura +50.

En la primera sesión pusimos fotografías sobre una mesa. No eran imágenes de ellas. Eran personas, objetos, lugares. Cada mujer escogió una y comenzó a escribir.

Muchas de las historias se fueron hacia atrás. Una casa. Una abuela. El primer trabajo. Una relación. Una decisión que había cambiado el curso de la vida.

Las participantes tenían entre 50 y 70 años. Mujeres con un presente en movimiento y un futuro sobre el cual también tenían mucho que escribir.

Entonces, ¿por qué aparecen con tanta fuerza determinados años?

La psicología llama efecto de reminiscencia a un fenómeno bastante estudiado: cuando evocamos nuestra vida, recordamos una cantidad desproporcionada de acontecimientos ocurridos durante la adolescencia y la adultez temprana.

No existe una única explicación. Pero esos años suelen coincidir con la construcción de nuestra identidad y con una sucesión de comienzos, finales y cambios. Investigaciones sobre memoria autobiográfica también han encontrado que los inicios y los cierres de los distintos capítulos de una vidaquedan especialmente fijados. Al recordar una vida, solemos volver a los años en que nos formamos y se concentraron muchos de sus comienzos. Esto debiera hacernos preguntar por qué, después de cierta edad, dejamos de ofrecer oportunidades para abrir capítulos nuevos.

No recordamos esos años solamente porque estén más lejos. Los recordamos porque allí ocurrieron muchas de las experiencias que nos ayudaron a entender quiénes éramos.

Tal vez las personas mayores no hablan tanto del pasado porque el presente haya dejado de importarles. Tal vez vuelven a los períodos en que la vida estuvo llena de primeras veces.

¿Cuántas primeras veces estamos propiciando después de los 50, los 60 o los 70?

Por supuesto, vivir nuevas experiencias no depende solamente de la voluntad. Influyen la salud, el dinero, la autonomía, las redes, el acceso a espacios y la posibilidad real de salir de la casa. Decirle a una persona sentada en un sillón que debe “salir a vivir” puede ser tan cruel como inútil.

La pregunta no es solamente qué hacen las personas mayores para mantenerse vinculadas con el mundo. También es qué hacemos las familias, las comunidades y las políticas públicas para que el mundo siga llegando hasta ellas.

Cuando comencé a diseñar los Talleres de Escritura +50, pensé que estaba invitando a un grupo de mujeres a escribir. Hoy creo que también estoy proponiendo una experiencia nueva.

Llegar a un lugar donde no conocen a todas. Escoger una fotografía sin saber qué va a provocar. Escribir durante algunos minutos sin corregirse. Leer un texto propio en voz alta. Escuchar las historias de otras mujeres. Descubrir que algo que nunca habían contado podía convertirse en un relato.

No todas las experiencias nuevas tienen que ser extraordinarias. No necesitamos lanzarnos en paracaídas ni viajar al otro lado del mundo para abrir un capítulo.

A veces basta con sentarse una tarde alrededor de una mesa y hacer algo que no habíamos hecho antes. Un taller no resuelve las desigualdades que pueden ir estrechando la vida con los años. Pero puede abrir una puerta. Puede ofrecer un lugar, una conversación y una pregunta que no estaban allí el día anterior.

Cuando hablamos de envejecer, ponemos mucho énfasis en preservar: preservar la memoria, la autonomía, los vínculos, la movilidad. Todo eso importa. Pero hablamos bastante menos de ampliar. Ampliar los intereses, las relaciones, las preguntas, las experiencias nuevas capaces de convertirse, más adelante, en recuerdos.

Las mujeres que participan en los Talleres +50 no llegan a archivar una vida terminada. Llegan a escribir desde una vida que continúa en movimiento.

Vivir más años no puede significar únicamente disponer de más tiempo para recordar lo vivido. También debiera significar tener derecho a seguir viviendo experiencias que merezcan ser recordadas.

Porque algunos de nuestros recuerdos más importantes quizás todavía no han ocurrido.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El edadismo no distingue

Hoy conversaba con una brillante abogada de mi oficina. Joven, preparada, aguda. En medio de la conversación me contó una anécdota que, confieso, me dejó pensando desde otro lugar: muchas veces evita decir que tiene 30 años porque ha sido discriminada por ser “demasiado joven”. Porque no le creen. Porque asumen falta de experiencia. Porque su opinión pesa menos. Yo suelo moverme —y escribir— desde otro lugar. Me remueve la discriminación hacia las personas mayores, hacia quienes pasan cierta edad y comienzan a volverse invisibles, prescindibles, incómodos; una inquietud que no es del todo ajena, porque el paso del tiempo también me interpela y remueve miedos propios. Para un sistema que idolatra la novedad, la rapidez y la productividad constante, la edad se vuelve un problema, algo que estorba, que incomoda, que hay que esconder. A unos se les dice que “ya no están para esto”. A otros, que “todavía no”. A unos, que ya dieron lo que tenían que dar. A otros, que aún no tienen nada que...

𝘈𝘺𝘦𝘳 𝘷𝘪 𝘔𝘦𝘮𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘔𝘢𝘯𝘩𝘢𝘵𝘵𝘢𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘦𝘳𝘤𝘦𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻.

Y, como suele pasar con las buenas historias, algo me hizo un click distinto a las veces anteriores. Siempre la había leído como una película sobre el paso del tiempo, el amor largo y la maravillosa actuación de mis favoritos: Diane Keaton y Morgan Freeman. Pero ahora la miro desde otro lugar: la ciudad. No son solo cinco pisos sin ascensor. No es solo una pareja evaluando si mudarse o no. Es la pregunta silenciosa que instala el entorno: ¿Quién tiene derecho a seguir habitando la ciudad cuando envejece? Puede ser Brooklyn. Pero también puede ser Ñuñoa que se densifica, barrio Yungay, Palermo, San Miguel, o incluso Punta Arenas donde el clima y la distancia ya imponen otras barreras. Barrios que cambian. Que se encarecen. Que se “renuevan”. Y en ese proceso, quienes han vivido allí décadas comienzan a ser leídos como parte del paisaje antiguo. No porque estén inactivos. No porque hayan perdido capacidad de decidir. Sino porque la narrativa urbana privilegia lo nuevo, lo rápido, lo rent...