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“El arte de perder no es difícil de dominar”.

 Faltan cuarenta y ocho horas para cumplir 62 años.


Me parece increíble llegar a esta edad. Soy lo que cualquier joven diría: una vieja. Pero llego mejor, mucho mejor, de lo que llegué a los 60, cuando me sentía un poco perdida como si no hubiera logrado nada en la vida.


Hace unos días volví a leer a Elizabeth Bishop y me encontré con esta frase que ya es casi mi consigna. “El arte de perder no es difícil de dominar”.


Hoy tengo casi 62 años, no tengo trabajo y estoy llena, pero llena, de proyectos. Es increíble cómo una mujer puede sentarse frente al computador, frente a una ventana o frente a cualquier cosa que le haga sentido, e inventar millones de maneras de habitar la infinita cantidad de años que todavía faltan.


Llego a los 62 sin jardín y sin trabajo.


Sin trabajo significa haber perdido la identidad que creí tener toda la vida: la de una mujer trabajadora. Pero ahora me dedico a otras cosas. He hecho de las mujeres mayores una causa, claro, como en otro momento lo fue la menopausia.


Sí, extraño mi jardín. Sí, extraño mi trabajo. Pero qué distinta es la manera de cruzar esta meta.


Tengo una hija de 34 años. Creo que al fin dejé de ser una madre helicóptero, porque ahora es ella quien me toma de la mano para enseñarme cosas. Y eso me hace muy feliz.


Tengo un marido que me cuida. Claro, es su manera de amarme: cuidando.


Tengo amigas, muchas amigas, amigas de las mejores. De esas con las que una no habla todos los días. Hay una sola con la que compartimos cada paso de nuestra vida, ella sabe quién es. Pero también tengo otras: unas con las que me duele el cuerpo de tanto reírme.


Tengo un puerto en el puerto.


Me esfuerzo tanto, tanto, tanto por mover mi cuerpo. Una vez a la semana voy a pilates. No me atrevo a comprar un plan del mes completo. Termino raja. Soy la más vieja,la más descoordinada. Se juntan ahí todas las cosas que siempre odié. Y, sin embargo, sigo yendo, porque me río. Me río de un cuerpo que tiene la obligación de hacer músculo, de tener fuerza para conservar la independencia. Hablo de eso casi todos los días. Por lo tanto, no puedo ser inconsecuente y no moverme.


Vivo en una casa que no es mi casa. Mi casa la dejé en diciembre, pero cada día esta tiene algo más que se parece a una casa propia. El sol ya no cae a patadas por mi ventana. Sin embargo, hay una ventana chiquitita que veo desde mi cama. Por ella pasan el sol y la lluvia.


Me voy afirmando de a poco, pero mucho más rápido de lo que creía.


Elizabeth Bishop tiene razón. En su poema también aparecen las casas perdidas. “Perdí el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, la última, o penúltima, de tres casas amadas”. A veces pienso que la vida, después de los 60, consiste precisamente en eso: en aprender a despedirse y, al mismo tiempo, en seguir llegando.


Faltan cuarenta y ocho horas para cumplir 62 años.


Y aunque todavía extraño mi jardín, mi trabajo y la mujer que fui, también me gusta bastante la mujer que está llegando.


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